martes, 11 de diciembre de 2007

Destino: Venecia


Hace dos días que volví de viaje y todavía están hechas las maletas. Retraso, inconscientemente, mi reincorporación a la cotidianeidad intentando no darme cuenta de que, una vez más, fue una experiencia demasiado fugaz. Me temo que tendré que conformarme de momento con enseñaros una de mis fotos... El Gran Canal el sábado al mediodía, desde el puente de la Academia. El tiempo, siempre tan caprichoso, no me deja escribir más.

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21/12/07.

Aprovecho estos días que estoy malita para contaros un poco más de mi viaje, cosa que en su momento no pude hacer. No pretendo, como hice alguna que otra vez, hacer una pequeña guía que pudiera ser más o menos de utilidad, sinó algo más personal dado que, en esta ocasión, apenas estuve cuatro días, y ni siquiera, he de confesaros, visité ningún museo, con lo cuál más que datos lo que traje conmigo fueron sensaciones.



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"Venecia (o Venezia) es una ciudad en la que hay que perderse, para descubrir su verdadera esencia". Con esa frase escuchada varias veces por distintas bocas antes de partir, salimos a dar el primer paseo nocturno al poco de llegar allí. Y, efectivamente, nos perdimos. Si bien es cierto que fue sin querer también es verdad que no pusimos demasiado empeño en remediarlo. Lo que quiero decir con todo esto es que si alguna vez tenéis oportunidad de ir, callejead, callejead tanto como aguanten vuestros pies.


Y no tengáis miedo de lo que se esconde tras la oscuridad de la noche... Pienso que es una ciudad bastante segura, y aunque siempre hay que andar con cuidado, vale la pena ver el contraste con respecto al día. Parecen dos lugares distintos. El caso más llamativo para mí - que es el que os pondré como ejemplo -, fueron las dos visitas que hice al puente de Rialto. La primera vez, ya tarde, un violinista del este tocaba increíblemente en una esquina. Era una imagen en blanco y negro, iluminada vagamente. Un par de enamorados se dejab
an llevar, dándose uno de sus besos más apasionados. La segunda vez, a plena luz del día, todo aquello ya no estaba. En su lugar había un bullicio de personas, la mayoría turistas, aunque no todos, paseando y comprando de vez en cuando algún souvenir (máscaras, marionetas de gondolieri, objetos de todo tipo hechos de murano...) en las decenas de pequeñas tiendecitas que de pronto y para mí sorpresa habían aparecido en unas pocas horas. Como el color, y el ruido. En un primer momento no lo reconocía.

Evidentemente uno de los momentos especiales de Venecia fue el primero que describí, donde encontré el primer pedacito de la esencia veneciana, de su aire romántico y de la fuerte inspiración para escribir que en ese momento me embargó y que pocas veces he sentido de manera tan intensa. Por primera vez en directo y no a través de películas, fotografías, cuatros o novelas. Por eso no me atrevería a recomendar a nadie ningún lugar en especial, porque cada rincón, dependiendo del momento, puede serlo; aunque el escenario sea el mismo, cada uno, sin atisbo de duda, lo vivirá de forma distinta. Los
únicos deberes que os dejo, sobretodo a los que os gusten estos sitios, es que visitéis la Librería AQUA y saludéis de mi parte a los preciosos gatitos que aguardan en la entrada. Lo poco que puedo decir, porque por mucho que os cuente tenéis que estar allí para entenderlo, es que es la librería más especial que jamás he visitado. Para no alargarme más, solo dos cosas: la comida insuperable pero el tiempo no tanto, y la isla de Burano todavía es si cabe más pintoresca que Venecia, ideal para una temporada de retraimiento y creación artística.

La única pregunta que se me quedó pendiente de respuesta fue: ¿Cuantas veces habrá estado Javier Riollo aquí?

Una pena, que se esté inundando...


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Preciosa foto...

Nazgûl

Anónimo dijo...

sin palabras...Preciosa

Alesia dijo...

Estoy segura de que a los dos os encantaría Venecia... ;) Un besito.